Raura Oblitas: Comer la Flema (Sector 3, Grupo 14, Manzana M2, Lote 13)

Max Hernández Calvo

Comer la Flema (Sector 3, Grupo 14, Manzana M2, Lote 13) es un proyecto de Raura Oblitas que gira en torno a los límites y los usos del territorio, en este caso designado en el título por su dirección: un terreno en venta en Villa el Salvador.

La locación señalada se encuentra rodeada por un muro de ladrillos que delimita su extensión y remarca su estatus privado y su condición de bien de mercado. Pero dicho muro también resguarda el terreno contra un uso no regulado por el mercado: lo protege contra su “invasión”, una posibilidad contenida en la historia misma del distrito de Villa el Salvador, que surgió en 1971 de la reubicación de familias que habían “invadido” terrenos en lo que hoy es Las Casuarinas (su polo opuesto socioeconómico).

La artista interviene estos muros perimetrales adosando elementos escultóricos que irrumpen en el espacio como una declaración de poder (sus formas son elocuentes a ese respecto) que parasita esa otra declaración de poder—económico, jurídico—que es el muro mismo. Dichas intervenciones escultóricas operan como una cuña entre la propiedad y la apropiación: estas piezas han sido hechas sin autorización municipal, replicando en cierto modo la lógica de la invasión, si bien estas obras ocupan el muro-frontera que demarca y declara la propiedad, en lugar de pretender adueñarse de ella.

Al adosar estos volúmenes al cerco del terreno en venta, Raura hace patente que los límites territoriales se trazan de manera física (el muro) y práctica (el uso) pero también administrativa (la titularidad). En el caso del lote donde se realizó el proyecto, si bien hay una demarcación física, a nivel registral es menos claro. Las dimensiones y los linderos del terreno están en litigio con la municipalidad, como lo hizo saber el propietario a la artista en alguna discusión que tuvieron a raíz de la ejecución del proyecto.

Estas imprecisiones en los límites, que no solo se deben al trazado de una pared o a un catastro inmobiliario, sino que son reforzadas por la presencia o la ausencia de marcadores urbanos como las aceras o las pistas, dan lugar a conflictos que giran en torno a la propiedad privada, al derecho a la vivienda, al espacio público e incluso a la idea del procomún (que el proyecto artístico conjura). En la gran urbe limeña, lo privado invade lo público—conceptual y geográficamente—mientras que el proyecto colectivo—que Villa el Salvador alguna vez simbolizó—retrocede en nuestro imaginario.

“Comer la flema” supone, ante todo, la búsqueda de un espacio de posibilidad, un margen sin inscripción de mercado y un limbo en el capitalismo urbano a ser simbólicamente reclamado para una colectividad imprecisa: real (la artista trabajó en colaboración con jóvenes que vivían en la zona) pero también imaginaria (a fin de cuentas, la obra de arte se dirige a un público y no meramente a un comprador). Se trata de un espacio claramente en disputa, como lo hizo evidente el desalojo de las familias “invasoras” que colaboraron con la artista y la destrucción de una de las piezas por parte de la municipalidad distrital.

Las piezas que sobreviven a ese episodio narran crípticamente la búsqueda de espacios que acogan los deseos y aspiraciones que han quedado fuera del mapa social, económico y político de la ciudad, ese que el arte también dibuja a su manera.