Imágenes cautivas / territorios cautivos.

Si ver alguna vez sirvió para comprobar una creencia proporcionando una prueba óptica, registrar lo que se ha visto u observado se utiliza para expandir y difundir convicciones, hoy disfrazadas como una forma de marca: “conocimiento”. Las convenciones –tanto de la representación pictórica como de la producción material– consolidan el poder de las imágenes para transmitir las “verdades”, para ordenar y organizar el mundo. O, más bien, mediante la imposición, la enseñanza y la difusión de las convenciones, el poder afirma su influencia sobre las imágenes y su comprensión. Estabilizadas, estandarizadas y normalizadas, las imágenes llenan las páginas de atlas y enciclopedias, medios de comunicación masiva y libros de mesa de café, cargadas de significados aparentemente estables y claros.

Relatos colonialistas producidos por los testigos oculares de la época, iban mano a mano con las técnicas del naturalismo para jugar un papel decisivo en la concepción y circulación de los conocimientos del llamado Nuevo Mundo y sus “salvajes”. Las nuevas convenciones de la cartografía desarrolladas durante el Renacimiento establecieron la representación totalizadora, de vista de pájaro, de los territorios, demarcando los espacios de la “civilización” y los espacios de la “barbarie”, las tierras habitadas y las deshabitadas, la cultura y la naturaleza, así como planteando los fundamentos de las bases territoriales del imperio y de los estados-naciones por venir. Por otro lado, la aparición del imaginario etnográfico –apoyado en las tecnologías de reproducción cada vez más sofisticadas y en sus reclamos de veracidad– distinguieron el objeto del sujeto de estudio, y los ciudadanos de los “nativos”.

Es importante recordar estas historias modernas porque en Manifestaciones de una Lejanía Nancy La Rosa toca lo que algunos perciben como una de las últimas fronteras contemporáneas de lo “conocido”. La artista examina las imágenes y los imaginarios de los territorios de los grupos “no-contactados”: no computados por los censos, no examinados por antropólogos, apenas observados y registrados por aparatos ópticos. Sin embargo, paradójicamente, una prueba visible y visual de su existencia se convierte en una herramienta estratégica en las luchas políticas sobre el carácter actual de la producción del espacio: se la moviliza para dar forma, modificar y subvertir los procesos de la acumulación y el desplazamiento del capital. Estas batallas, no obstante, son dirigidas por el pueblo maniobrando dentro de un territorio ocupado, dentro del paradigma establecido de la lucha territorial.

Sintonizada con la confluencia de las convenciones pictóricas y materiales en los modos históricos de representación, la obra de La Rosa mina la oposición famosa, hecha por Michel de Certeau, entre ver y caminar como las maneras opuestas de relacionarse con el espacio. Y así, una perspectiva aérea de un agrimensor (en esencia, una tecnología militar desarrollada para asegurar el control territorial) y las imágenes de la prensa que evocan la técnica del grabado (dominado y perfeccionado para convencer de la veracidad de sus representaciones) se enfrentan a un conjunto de las fotos radiantes, borrosas y sensuales tomadas con una cámara pinhole, hecha con una cajita de fósforos, mientras la artista recorría la selva. Aún así, representan una experiencia específica, concreta y corporal del espacio, del territorio sentido por un cuerpo que se mueve a través de él. Las fotos no pertenecen a un ojo sin cuerpo que lucha por el conocimiento “objetivo” y totalizador, sino son parte de un dispositivo que pide oír, oler, tocar y saborear: percibir como un modo de ser en el mundo.

Mediante el examen de los distintos modos de ver, experimentar, y representar el espacio, La Rosa reivindica tanto la visión encarnada cuanto desnaturaliza las convenciones pictóricas asumidas como los contenedores seguros del conocimiento o las definiciones determinadas del territorio. Al mismo tiempo, poniendo en evidencia el carácter engañoso de las imágenes y los procesos de la construcción del conocimiento occidental, señala aquello y a quienes revelan el límite y las falacias del poder de la representación. Deben existir otras formas de establecer y entender al territorio, pero tal vez esto es algo que aún no sabemos con certeza.

Dorota Biczel

Lima, agosto de 2012